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Nuestros hijos en el cielo

  • 32 minutes ago
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Cuando era niña mi madre me contó que su mamá había tenido varios embarazos que nunca llegaron a término y que de los 4 todos eran varones. No recuerdo haber escuchado a mi abuela mencionarlos y la verdad es que no me atrevía a preguntar más al respecto.


Mi único recuerdo sobre alguna pérdida durante el embarazo fue la de una de las hermanas de mi mamá, que era mi madrina de 1era comunión, y de como al tener una visita de rutina, descubrieron que el bebé había muerto y ella jamás regresó a casa por que, por complicaciones con su hígado, falleció.


Recuerdo el dolor de mi prima, la más cercana, que prácticamente quedó huérfana ya que sus papás recientemente se habían separado.


Toda la familia de mi madre sufrió muchísimo esta pérdida inesperada, estábamos emocionados de tener un primito nuevo, pero la verdad es que de su bebé, casi nadie habló. En medio de tanto dolor, se optó por más silencio.

Mi abuela no solo perdió una hija más, sino también un nieto y de pronto tuvo que asumir el rol de mamá de una adolescente.


No fue hasta que me casé y tuve mi primera amenaza de aborto que empecé a aprender al respecto. Gracias a Dios, solo fue eso, una amenaza y empecé a aprender acerca de mi cuerpo y a vivir la biología de las hormonas.


Cuatro embarazos más pasaron y en cada uno aprendí más y más. Tomamos algunos curso de PNF y cada día me maravillaba de la delicadeza y atención que el Señor creó el cuerpo. INCREÍBLE!!! Y ni hablar de cómo el cuerpo, mente y espíritu de una mujer cambia en cuanto la VIDA se genera en su ser y como el Señor, fue intencional y cuidadoso en todo.



Cada embarazo fue único, así como cada uno de nuestros hijos lo son. Fue muy natural hablarles a los hermanos sobre el desarrollo, de cómo iba creciendo, de cómo llegó el bebé a la “barriga” de mamá (Llegaron a preguntarme si fue que me lo comí). Obviamente tuve que leer mucho más del cómo explicarles a su nivel y para lo que estaban listos para aprender. La belleza de los escritos de JPII y la teología del cuerpo fueron una revelación para ellos y para mí, y una de las partes más importantes fue poder tener un Ginecólogo Católico que entendía, acompañaba y velaba por lo que necesitábamos.


Cuando nos mudamos a Texas y el embarazo número 6 llegó le dimos la feliz noticia a nuestros hijos, estaban súper emocionados! Tristemente dos semanas después perdimos a nuestro bebé, y después de varias visitas a la sala de emergencia, por qué no había ginecólogos disponibles por ser Navidad, comenzamos el largo e interminable proceso de duelo.


Acompañar a nuestros hijos mientras que yo misma sufría fue una de las cosas más difíciles que me ha tocado compartir con alguien, pero al mismo tiempo era su compañía la que me ayudaba a seguir adelante. Nunca escondí mi tristeza, y siempre surgía de ellos un abrazo que me recordaba que quizá no podía abrazar a Isaías (asi le pusimos), pero si a ellos.

Un mes y medio después nos enteramos de que Diego, nuestro 7mo hijo estaba de camino y la alegría y esperanza siempre superó la tristeza de la pérdida.


Diego es nuestro “rainbow baby”, y es hermoso ver como todos disfrutamos de sus ocurrencias y niñez. Todos mis teens disfrutan mucho de poder “ser niños” a ratos en casa cuando juegan con él y disfrutan ayudando y enseñándole trucos y canciones.


Alguna vez leí que Santa Teresita del Niño Jesús tenía una relación muy cercana con los santos, y los menciona en sus escritos. Que en realidad fueron sus padres quienes le enseñaron a ella y a sus hermanas a seguir conectadas con sus hermanos/hermanas, que la pareja perdió a través de sus vidas. Fue esa relación filial que ellas pudieron tener que les enseño que eran reales y que su intercesión es poderosa.


Hoy sé y tengo la certeza de la importancia de reconocer y recordar a nuestros hijos en el cielo. No son ángeles ni “perlas en la corona de la virgen”, son santos que interceden por nosotros, y que al mantenerlos en nuestra memoria y oraciones, además de encontrarlos durante la Misa.


Son nuestros hijos que dejaron huella incluso biológica en el cerebro y órganos de mamá. Son hermanos con quienes nuestros hijos pueden tener una relación estrecha y que nos ayudan a motivarlos a llegar al cielo (así podrán conocerlos y pasar la eternidad juntos).


Sé que hay muchísimas personas en movimientos luchando por derechos de los no nacidos, y creo que la mejor forma de apoyar, además de nuestras oraciones y donaciones, es vivir esa lucha en nuestros hogares, con nuestros hijos e hijas.


Si minimizamos un embarazo interrumpido, si no nos mostramos lo difícil y anhelado que es la vida de un bebé de 5, 12, o 20 semanas. Cómo van a ver la importancia de la cultura de la vida y de lo valiosa que es su propia vida.

La defensa de la vida, el anhelo de la santidad, la realidad de la iglesia triunfante en la Eucaristía, y las bendiciones de una nueva vida se viven en el día a día, en la vida y en la muerte, en el consuelo y desconsuelo, y en la certeza de la compañía de nuestro Señor y su Madre a pesar de todo.



Brenda Garza nació y creció en Monterrey, México, donde se graduó con una Licenciatura en Diseño Gráfico. Después de varios años de trabajar en una agencia de diseño, se mudó a Asturias, España para ser misionera en una comunidad de Artistas Católicos donde conoció a su esposo. Dos años después se mudaron a Puerto Rico para trabajar con la Diócesis de San Juan. Mientras estuvo en P. R., recibió capacitación en el Nivel 1 de la Catequesis del Buen Pastor. Brenda, su esposo y sus cinco hijos se mudaron a Texas en 2009 y ahí recibieron un hijo más. Desde entonces ha trabajado como asistente de Formación y Directora de Comunicaciones en parroquias de la diócesis de Fort Worth. Actualmente cursa su certificación de Nivel 3 de CBP. Le apasiona comunicar el amor de Dios a la gente y está feliz de usar sus talentos para construir el reino de Dios en la tierra.


 
 
 

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