Entender y acompañar en el sufrimiento


Hoy hay personas de nuestra familia que simplemente no están, se han ido, algunas de ellas ni siquiera tuvieron la oportunidad de morir acompañadas o haber recibido sus sacramentos.


La humanidad está pasando una de las peores crisis. Hay desolación, esa sensación de falta de consuelo que experimenta una persona que se siente profundamente herida por la vida, como consecuencia de algún acontecimiento.


El sufrimiento siempre me ha parecido una palabra fuerte, dura y a menudo trato de sacarle la vuelta, digamos que no es de mis palabras favoritas, pero un día retumbaba mucho y decidí saber más de ella.


Descubrí que, desde una visión cristiana, el sufrimiento puede trasladar al ser humano hacia la misma trascendencia.

San Juan Pablo II, quien ha sido mi maestro en los conceptos que no entiendo, dice en su encíclica Evangelium Vitae en su número 23, que el sufrimiento es un elemento inevitable de la existencia humana, pero también factor de posible crecimiento personal, y es « censurado », rechazado como inútil, más aún, combatido como mal que debe evitarse siempre y de cualquier modo.


No es fácil de entender cómo el sufrimiento humano puede ser de crecimiento personal. ¿Cómo un Dios tan bueno y maravilloso puede crear el sufrimiento? Pero es aquí donde entra Jesús, quien con su inigualable amor, nos enseña sobre el valor del sufrimiento en el Evangelio.

"Los testigos de la cruz y de la resurrección de Cristo han transmitido a la Iglesia y a la humanidad un específico Evangelio del sufrimiento", explica nuevamente San Juan Pablo II en Salvifici Doloris, número 25.


Jesús mismo asume los riesgos de ésta vida, jamás escondió el sufrimiento, ya lo dice Él mismo:

<<Si alguno quiere venir en pos de mi, que tome su cruz y me siga>>, Mt. 16:24.


Pero, ¿cómo entender en la vida diaria tanto dolor que hoy vivimos? y ¿cómo vivir con luz el sufrimiento que hoy toca a mi puerta?


En ésta época se nos manifiesta continuamente el famoso "¡primero tú!", y ese es un problema, porque eso no nos deja salir hacia el prójimo. La respuesta está en entender primero el dolor del otro. Jesús nos enseña que no debemos pasar de largo ante un hermano que sufre.


Sus palabras me sucumben y me hacen cuestionarme qué tanto estoy siendo yo esa samaritana ayudando al herido, qué tanto me ocupo en orar, pero también en hacer, en ser quien ayude a cargar su cruz a alguien más.

Y más aún: qué tanto mi hogar está siendo ésta escuela de samaritanos, qué tanto enseño no sólo la compasión ante un dolor, sino nuestro deber y querer caminar con el que sufre, siendo su soporte, siempre presentando a Cristo como fuente de toda salvación.


Foto: Cathopic/Exe Lobaiza

Dios permita que nuestros hogares sean escuelas samaritanas vivientes. Que nuestra familia, más allá de conmocionarse ante el dolor humano, sea para que el que sufre como la casita de Betania donde puede descansar.


Que en éste duro tiempo de pandemia podamos transmitir a nuestros hijos una fuerte convicción de que el dolor tiene un sentido trascendental donde podemos encontrar nuestra redención, nuestra misión y aún nuestra dignidad.


No tengamos miedo de hablar a nuestros hijos de la muerte de Jesús, pero tampoco olvidemos hablar de su resurrección y de cómo nosotros, de una forma misteriosa, podemos ser instrumentos de Cristo para transformar el dolor de una persona y poner así también en el rostro del Señor una sonrisa.


Al principio, tal vez los más pequeños no entiendan nada cuando les empieces hablar de éste tema, pero estoy segura de que, si persistes, un día los encontrarás viviendo ésta plenitud de ser consoladores, portadores de luz para nuestra humanidad.

Y ese día, da la Gloria a Dios, porque educar en el consuelo, definitivamente no es algo que alguna escuela pueda ofrecer, es una gracia que viene de sólo de Él.


Que el Espíritu Santo nos de la fuerza para no tener miedo a hablar del sufrimiento, de dejarnos mover por el amor de Dios para acompañar a quienes sufren y que nos ayude en nuestra debilidad, porque ahí es donde está nuestra fuerza.



Brenda Montemayor es hija de Dios y de María, esposa de Leonel Loera y mamá de Max, Elías y Lucas. Católica, mexicana, comunicadora, consultora familiar, aprendiendo cada día a amar a nuestro Señor y a construir una familia sólida descubriéndolo en lo cotidiano. Actualmente se dedica a la consultoría de pareja con el método Gottman, pertenece con su esposo a "Vivir en Cristo" y coordina el grupo Yolliztli por la vida.


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