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La Paradoja de la Alegría en el Sufrimiento.

  • Apr 21
  • 5 min read

Updated: Apr 24

Soy una persona altamente sensible. Durante años me sentí extraña en cualquier lugar, sin encajar. Me sabía diferente; el tema del dolor y el sufrimiento me sobrepasó desde edades muy tempranas: sentir rechazo, falta de comprensión y aceptación fue devastador.


Con el tiempo aprendí a sobrevivir y aunque he tenido la fortuna de experimentar el Amor de Dios (también desde pequeña) no fue hasta mi adultez y hasta encontrarme con la maternidad que comprendí la misión que Dios, en su infinita sabiduría, tenía para mi (aunque bueno, en realidad creo que esa misma misión es para todos).


Como persona altamente sensible, las emociones se sienten con gran intensidad. Así como el sufrimiento era durísimo para mi, para la experiencia del Amor, por el contrario, no encuentro palabras que se acerquen a describirla.


Desde niña le cuestionaba a mi mamá para qué hemos venido al mundo y ella me decía con frecuencia que hemos venido a ser felices, pero yo pensaba: ¿cómo es posible ser feliz ante tanto dolor?


¿Cómo he podido experimentar la felicidad al ver partir uno a uno los seres más importantes para mi? ¿Cómo he encontrado la felicidad al ser espectador y sentir como propio el dolor de cada uno de mis hijos mientras crecen? La respuesta es Dios, la respuesta está en la Cruz y en el momento de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo y sobre todo, en la Resurrección, en esta escena he encontrado la respuesta.

Pareciera contradictorio ser feliz en el dolor, pero sí, si es posible gracias al AMOR.

"No hay Gloria sin Cruz", decía Fulton Sheen.


La realidad es que no hay nadie que se salve de sentir algún tipo de desgracia, de sufrimiento, de dolor en nuestro paso temporal por tierra. Quien se cuestiona la existencia de Dios con tan trillada pregunta: ¿entonces si Dios existe por qué existe el mal, el dolor y el sufrimiento en la tierra? ¿por qué permite que suframos? Y es aquí donde sale a relucir nuestra pequeñez y nuestra ignorancia ante lo limitados que somos como creaturas.


Te voy a explicar por qué, porque cuando uno es Amor, el dolor deja de ser dolor, no que no lo sintamos como tal, sino que adquiere otra dimensión, tal como Jesús en la Cruz. Él sintió el dolor y tuvo la muerte más atroz que haya existido jamás, pero ese dolor lo sintió porque era hombre y se entregó con Amor, un Amor total que trascendió al ganar la gloria para cada uno de nosotros sin que lo mereciéramos.

Viviendo el Dolor de un Hijo desde el Amor


Tengo 4 hijos aquí en la tierra y uno que conoceré en el cielo. Uno de ellos enfrenta una enfermedad crónica, que le hace vivir en el dolor todos los días y que me recuerda a Cristo continuamente. Hace y vive lo que puede, con dolor, pero con todo su amor y con Cristo que sale a su encuentro en su enfermedad. Eso no quiere decir que deje de sentir el dolor físico pero me muestra como cada día se convierte en vencedor al entregarse con amor a lo que sí puede hacer.


El enfermo muere a sí mismo diariamente y encuentra su victoria cada día siendo amor: cuando por gracia de Dios comprende que no habrá lágrima desperdiciada y que cada una de ellas se convertirá en Amor.



Recuerdo haber leído en el libro del Dialogo del Padre Dios de Sta. Catalina de Siena que cuando decidimos entregar cada lágrima en beneficio del prójimo y cuando intercedemos por otros en oración nos convertimos en un puente con Cristo de Misericordia y Gracias para la humanidad.


Es así como el mismo Amor y el salir de uno mismo sostiene al mundo que sufre aún en la ignorancia de la existencia de Dios, en esto consiste vivir la Caridad común.

Viene también a mi mente María la Madre de Jesús y nuestra también... cuántas mamás con hijos enfermos son espectadoras del dolor de sus hijos, de sus batallas, sintiéndolas literal como propias... muchas veces en soledad y en silencio, respetando la voluntad de ellos mismos.


Esa espada que atravesó el corazón de María viviendo la muerte con su hijo, esa espada también la sentimos cada Madre con cada uno de nuestros hijos, en cada una de sus batallas (aunque no haya comparación con lo que vivió nuestra Aantísima Madre María) .


¿Qué fue lo que sostuvo a María? Fue su FE, fue la confianza y el abandono, FUE EL AMOR, el amor experimentado del Padre en su Hijo.


Quien logra comprenderlo, quien logra sentirlo deja de tenerle miedo al dolor, porque al dolor lo vence el AMOR.

Como mamás nos toca, como María, estar al pie de la cruz (de sus cruces) con nuestros hijos, siendo Amor que sostiene y que consuela, muchas veces en silencio, pero siempre en oración.

Qué grande y Misericordioso es tu Amor, Señor...


Dos veces le pregunte: ¿ por qué no simplemente me regalas el milagro de su salud completa?

Y me respondió primero con un pensamiento: “Mis milagros son perfectos” (habiéndome ya permitido seguir disfrutando de su presencia física) y después vino la segunda respuesta, claramente como siempre a través de la lectura (pues sabe que amo leer) en el libro de Santa Teresita, Historia de un Alma leí:


“Aquel cuyo corazón vela mientras duerme" (Cant 5,2) me dio a entender que hace milagros y cambia de sitio las montañas en favor de los que tienen fe como un grano de mostaza, para robustecer fe tan pequeñita (Mt 17, 19).


En cambio para sus íntimos, para su Madre, no hace Milagros hasta no haberles probado su Fe. ¿No dejó que muriese Lázaro, aunque Marta y Maria le habían mandado decir que estaba enfermo? ( Jn 11, 1-14).


En las bodas de Caná, habiendo pedido la Santísima Virgen que socorriese al anfitrión ¿no le respondió que aún no había llegado su hora? (Jn 2, 1-11). Pero después de la prueba, ¡qué recompensa! ¡El agua se convirtió en vino!... ¡Lázaro resucitó!...

Cuando terminé de leer esto pensé entonces: "¡soy de tus íntimos Señor, que alegríra que gran consuelo a mi corazón, fue un bálsamo de Amor!".

La Fe se pide en oración, es un don de Dios, una Gracia que Dios otorga a quienes la desean, a quienes tienen dispuesto su corazón a llenarlo de su inmenso, inmesurable, incomprensible, perfecto, sin palabras que alcancen a describir… su AMOR.

Y así ante la esperanza de la Fe, conviertes mi dolor en alegría... te alabaré por esto eternamente, Señor.

Salmo 30,11-13


¡Escucha Yavhé ten piedad de mi!

¡Sé tú, Yavhvé, mi auxilio!

Has cambiado en danza mi lamento:

Me has quitado el sayal, me

Has vestido de fiesta.

Por eso mi corazón te cantará sin parar;

Yavhé, Dios mío, te alabaré por siempre.

Qué gran Misión tenemos, la de ser Tu Amor, Señor, en cada pensamiento, decisión, acción, en cada encuentro con el prójimo. La de llevar tu esperanza a todo aquel que sufre.

No se puede dar lo que no se tiene en el corazón, sólo en Dios esta la Fuente del más puro y perfecto Amor. El nos está esperando cada día solo nos pide un corazón dispuesto a recibirlo.


CIL


 
 
 

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