Santa Hermandad
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Hace unos meses, durante la marcha de la Vida en Washington, pude ver un video de una mujer que, según la entrevista, la razón por la que se unió y cambió de “opinión” acerca de los derechos de los no nacidos fue por que, ya de adulta, sus padres le comentaron que su madre se había practicado abortos y que por aquellas decisiones de sus padres, no tenía un lugar, un nombre, una tumba en donde llorar y honrar la vida de sus hermanos.
Mi corazón se conmovió con su mensaje porque, una gran parte del proceso de vivir el duelo de nuestro bebé, que perdimos durante la temporada de Navidad del 2020, fue acompañado e inspirado por nuestros hijos, aka sus hermanos.
Uno de nuestros hijos, en aquel entonces, de 9 años, escribió una carta a los Reyes Magos en enero diciendo que: "no quería ni necesitaba más juguetes, pero que si se podía, nos regresaran a nuestro bebé".
Fue difícil leer esa carta porque sabía que no había vuelta atrás, pero al mismo tiempo fue sanador saber que no estaba sola en el dolor de haber perdido a nuestro bebé. Me dio tranquilidad que supiera verbalizarlo y más aún, ternura de validar su existencia y de que Dios lo puede todo y tiene la confianza de pedirle lo que su corazón anhela.

En otra ocasión, nuestra hija tenía que escribir una eulogia como parte de su clase de escritura y me preguntaba sobre quién hacerla, porque tenía que ser sobre una persona real, no ficticia. Para mi sorpresa, meses después encontré la tarea y rompí en llanto cuando leí que la había escrito a su hermanito que habíamos perdido. ¡Ni por la cabeza me pasó esa sugerencia! Sus palabras describiendo cuánto lo extrañaba a pesar de haber estado con “nosotros” tan poco y el anhelo que sentía de conocerlo un día, más aún, de cuánto ella veía que su mamá había sufrido su partida.
Mucho se habla del dolor de la madre al perder un hijo, del proceso tan diferente que puede tener un papá y una mamá, pero poco he leído sobre el duelo que los hermanos tienen que atravesar y la maravilla de poder vivir ese dolor como familia.
Entiendo cuan doloroso es a veces si quiera mencionarlo, pero al hacerlo, al llorar, al compartir el duelo, no solo les estamos reafirmando en sus emociones, sino les estamos recordando cuanto amor tenemos por cada uno de los integrantes de la familia y como podemos seguir “juntos”, a pesar de la muerte, recordando la promesa de la eternidad que tenemos en la resurrección de Jesús.

Brenda Garza nació y creció en Monterrey, México, donde se graduó con una Licenciatura en Diseño Gráfico. Después de varios años de trabajar en una agencia de diseño, se mudó a Asturias, España para ser misionera en una comunidad de Artistas Católicos donde conoció a su esposo. Dos años después se mudaron a Puerto Rico para trabajar con la Diócesis de San Juan. Mientras estuvo en P. R., recibió capacitación en el Nivel 1 de la Catequesis del Buen Pastor. Brenda, su esposo y sus cinco hijos se mudaron a Texas en 2009 y ahí recibieron un hijo más. Desde entonces ha trabajado como asistente de Formación y Directora de Comunicaciones en parroquias de la diócesis de Fort Worth. Actualmente cursa su certificación de Nivel 3 de CBP. Le apasiona comunicar el amor de Dios a la gente y está feliz de usar sus talentos para construir el reino de Dios en la tierra.


































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