Una Mirada, es lo que Necesitamos


¿Por dónde comenzar? Son tantas las cosas que se quedaron en mi corazón después de la visita del Papa Francisco a México, que si las escribiera todas necesitaría muchas hojas y ustedes mucho tiempo para leerlas.

Pero de entre tantas y tantas cosas que nos trajo, en este momento, me quedo con una: con su mirada, una mirada tan distinta a las demás, tan serena, tan personal, tan llena de amor, tan cansada pero tan feliz, y tan suya.

No pude evitar notar ese amor en sus ojos, amor que entregaba en cada ocasión que se dirigió a alguien, como si todos los demás desaparecieran y sólo estuvieran el Papa y esa persona. Eran multitudes las que se encontraban a su paso y sin embargo, parece que él las miraba a todas y cada una de ellas, una a la vez. Sin prisas, sin desatención; es amor, puro amor lo que se encuentra en sus ojos, ¡que reconfortante sensación!

Es una mirada que reconoce la unicidad y condición de irrepetible de cada persona; porque, él sabe perfectamente la casi nula posibilidad de que sus miradas se vuelvan a encontrar, y sabe también, y muy bien, la ilusión con que cada uno espera ver esos ojos; ¡y entonces te mira! Y con tanto amor reconoce quien eres, todo lo que eres y abraza tanta ilusión que guardas en ti, y ¿qué sientes? ¡Amor!

Después de verlo una y otra vez en cada uno de sus trayectos y encuentros, personalmente no he podido dejar de cuestionarme: ¿Tanto poder tiene una mirada? ¿Será así porque es el Papa? ¿Qué tiene él de especial que los demás no tengamos? Sin intención de menospreciar (jamás me atrevería), la verdad es que él es un hombre ordinario, al igual que nosotros, en una lucha personal constante por ser mejor siempre; por lo que ahora la pregunta es: ¿Nuestra mirada es en algo parecida a la del Papa? ¿Seremos capaces de mirar así? Bueno, les aseguro que la capacidad sí la tenemos, pero muy probablemente ni nos hayamos detenido a pensar en ello, en nuestra mirada.

Siempre hemos escuchado que “los ojos son la ventana del alma”; por medio de ellos, sin necesidad de palabras, expresamos nuestros sentimientos y pensamientos, y reflejan, queramos o no, lo que somos. Es algo tan importante, la mirada, y a la vez tan poco considerada. Basta una mirada, para enamorarse por primera vez, una sola para guardar un recuerdo toda la vida, y también basta una mirada para despreciar y ofender. Las hay también rápidas para “cumplir” con un poco de atención, cuando aquella persona que requería y buscaba nuestra mirada se merecía más que una vistazo rápido e impersonal. ¿Y si fuera la última vez que la viéramos?

Es ya normal en nuestros días vivir inmersos en una serie de actividades y cuestiones de importancia, muchas de ellas, secundaria y aquellas personas que pasan por nuestra vida diariamente, a penas y son rescatadas por nuestros ojos. La vida pasa delante de nosotros sin que nos detengamos ya a mirarla.

En los últimos días he tenido muy presente este asunto y me he dado cuenta de cuántas veces no he dedicado esa mirada a mis hijos o a mi esposo, por tener la intención de estar en todo, por creer poder hacer todo a la vez, cuando en realidad no estoy en nada. Si no puedo, cuando alguno de mis hijos me llama, centrarme sólo en él, en sus ojos, en su necesidad, realmente no estoy ahí al 100%, y esto es percibido por el otro como una falta de cariño, y no se lo merecen. Si decimos querer a alguien lo menos que podemos hacer al estar de frente a ellos es mirarlos como si fueran lo único que importa en ese momento, tal como el Papa lo hace.

Igualmente pasa en el trabajo, en el banco, en la iglesia, en aquellos lugares en los que transcurre nuestra vida, vamos tan aprisa, que nos perdemos tantas cosas bellas e importantes que pasan delante nuestro. Hemos dejado de mirar a los ojos y con los ojos, para solo ver con ellos y de manera muy superficial, sólo lo mínimo indispensable para pasar de una cosa a otra, porque el tiempo no lo debemos ni podemos desperdiciar. ¿Desperdiciar el tiempo mirando al otro? ¡Eso no es desperdicio! ¡Vuelve a mirar! Mira a las personas con las que convives diariamente y también aquellas a las que seguramente verás solamente una vez; tal vez esa única mirada que recibirán de ti será consuelo en un día difícil.

El Papa no es una persona desocupada, por si esa pudiera ser nuestra excusa, ¡las ocupaciones las tiene! y en grandes cantidades. Probablemente ni podríamos comparar las nuestras con las de él, y aún así lo hace, ¡nos mira! a todos, con inmenso amor, y eso no se puede ocultar. Así que de tantas cosas que vino a enseñarnos, hoy he aprendido esta: si alguien está cerca de ti en busca de compañía, atención, consuelo, etc., merece ser mirada como aquella persona única e irrepetible que es, merece toda nuestra atención y estoy segura que lo mismo queremos para nosotros.

Los impedimentos son muchos, ¡sí!, el teléfono, la televisión, el cansancio, el trabajo, ¡bueno! excusas sobran, pero vale la pena intentarlo, y cuando te descubras distraído e indiferente ante alguien que busca tu atención, regresa y dásela, se la merece. ¿O no?

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