Cómo Dios se nos aparece en el camino...




Cierto día iba manejando por el centro de la ciudad. Era de mañana y yo iba algo estresada, pensando en los múltiples pendientes que tenía que realizar, además de que estaba buscando una calle que nomás no encontraba.


De repente me paré en un semáforo y veo a unos cuantos metros de mí a un viejecito muy arrugado haciendo piruetas con una flexibilidad increíble. Ya se paraba de manos y caminaba con ellas, de cabeza sobre un banquito, levantaba sus piernas por detrás de la cabeza, hacía maromas y ruedas de carro. Realmente me impresionó.


Al acercarse a mi ventana busqué unas monedas y él extendió su mano sucia, sentí algo de repugnancia hacia ella, así que no lo toqué directamente al darle el dinero, sino que las dejé caer sobre su mano, pero una de ellas cayó sobre el pavimento. ¡Inmediatamente sentí mucha pena por mi actitud!


Debí de dárselas directo en la mano, pensé. A él no le importó, la recogió, se persignó con las monedas y exclamó mirando al cielo: "¡Bendito seas Señor! ¡Gloria a Dios!". Así se fue feliz alabando entre los carros. Me sorprendió tanto que hasta sentí que mi rostro se ablandó y se me fue el estrés, sonreí pues me contagió de su alegría y ya mi día tomó otro tono.


¡Qué honda experiencia me dejó el señor! Yo, tan llena de cosas en la cabeza que ni me percataba que ese día (y como muchísimos otros de mi vida) ya tenía el sustento asegurado y él ni siquiera sabía si ese día tendría algo para comer. Yo en carro estresada, y él caminando y feliz. Yo, sin quererlo tocar por su suciedad, y él, besando las monedas que cayeron al suelo.


De vez en cuando al sentirme saturada o estresada se me viene a la mente este viejecito y me ubico, trato de recuperar lo sencillo de la vida, estando más atenta a donde Dios se me presenta.


A veces aún anhelo en la oración manifestaciones sensibles de Su presencia, sentir que me escucha, que mis dudas son resueltas y mis frustraciones calmadas, pero no siempre sucede así, es más, muchas veces no sucede así.


Necesito ensanchar el corazón y dejarme interpelar y habitar por quien es Él en toda Su persona, en todas Sus manifestaciones, no sólo en lo que yo con mi limitada percepción alcanzo a comprender.


Sigamos en camino, permaneciendo atentas a Su presencia, que Él se encuentra más cerca de lo que te imaginamos.

Creo Señor, pero aumenta mi fe.




Marifer Icaza es consagrada y vive su vocación en Instituto Secular de Vida Comunitaria Eliya, ejerciendo su apostolado en Centro de Rehabilitación la Rosa. Confía en que sólo un encuentro personal con Jesucristo libera al ser humano de todas sus ataduras y le regala la plenitud para vivir en el amor.


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