La Eucaristía sana si la recibes con fe

Hace algunos años tuve una experiencia muy difícil (si has perdido a alguien, sabes de lo que estoy hablando).

Era tanto mi dolor, que me encerré en mí misma. No dejé entrar a nadie a mi corazón y de mí no salía nada que pudiera confortar o enriquecer a alguien más. Tenía que encontrar a un responsable y por supuesto, ¿a quién crees que culpé? Sí, a Dios.

En ese mismo año se me presentó la oportunidad de trabajar en un colegio Católico, impartiendo la clase de Religión (que irónico, ¿no crees?). Fue la mejor experiencia que pude haber vivido.

Mi relación con Dios no era todavía la mejor, pero tampoco estaba alejada de la Iglesia. Seguí yendo a Misa, aunque sólo los Domingos. Todavía no recibía la Eucaristía con aquel recogimiento con el que lo recibo hoy.

En el colegio, tuve a mi cargo a pequeñas de entre 6 y 7 años que me abrieron su corazón. Después de un tiempo, me pasaron a la dirección del kinder, donde viví otra etapa maravillosa.

Por cosas del destino ( y por el Plan Divino de Dios), mi familia y yo decidimos irnos a vivir fuera de México. (Hoy vivimos en Florida, Estados Unidos y ya son 6 años desde que decidimos emprender esta aventura).

Pero en mi vida había un vacío, no sabía que era, no sabía que me hacía falta, pero no era completamente feliz.

Un caluroso día de verano, mi vida empezó a cambiar por completo, aunque yo ni me lo imaginaba.

Estábamos en un partido de flag football de uno de mis hijos y me empecé a sentir mal.

La primera sensación que tuve fue difícil de describir. Fue como si mi alma se escapará de mi cuerpo por unos segundos. Recuerdo haber pensado: "¿Qué es ésto?, ¿Qué me pasa?, Por favor, Dios no me vaya a morir aquí".

El partido terminó. Habían transcurrido unos 15 ó 20 minutos desde que me empecé a sentir así y volví a sentirme mal de nuevo. Esta vez me faltaba el aire, sentía desmayarme, estaba muy débil.

Me senté en el pasto y pedí un refresco frío, para ver si me sentía mejor. Estaba muy confundida, hablando incoherencias, ya no pensaba claro.

Lo último que recuerdo fue querer decirle algo a mi esposo, pero sólo salió de mi boca como un balbuceo. No pude articular ninguna frase. Todo se volvió negro y ya no supe de mí.

No puedo describir el miedo que sintieron mi esposo y mis 4 hijos, pero por lo que me platican, fue algo muy desagradable.

Desperté en una sala de emergencias en el Hospital, sin saber qué había pasado o dónde estaba. La enfermera me hablaba todo en inglés y yo contestaba tan fluído como si fuera mi idioma natal (¡qué maravilloso es nuestro cerebro!).

El diagnóstico fue un ataque neurológico (seizure). ¿Te preguntas si estaba asustada?, ¡estaba aterrada! "¿Cómo?, ¿pórque?, ¿me voy a morir?". Esas fueron muchas de mis preguntas y dudas. (Lo que se me hace muy curioso en este país es que nadie te dice nada. Ni siquiera los doctores, pero esa es otra historia…)

Regresé a mi casa, asustada de que me volviera a pasar. Tan asustada que dejé de manejar, ya no pude regresar a trabajar, no podía salir a comprar algo, a recoger a mis hijos o llevarlos al colegio, cuando el colegio estaba a menos de 2 millas de mi casa.

Mi miedo era grandísimo. Estaba confinada a estar metida en mi casa por el resto de mi vida. Así lo sentía yo.

Empecé a tener ataques de pánico y ansiedad y eso me causó una depresión tremenda. Lloraba todos los días, no me quería levantar de mi cama, ni bañar, ni hacer nada. Pero todo esto en silencio, porque no quería que nadie se diera cuenta.

Empecé a tomar unas pastillas que me dijeron eran buenas para la depresión. Quería sentirme segura, según yo, sin saber que me hacían más daño que bien.

Me sentía tan mal anímicamente que lloraba mucho en cada Misa, mis lágrimas eran de dolor, sobre todo durante la Consagración.

Le pedía a Dios que me ayudara a salir de donde estaba y a recuperar mi vida, porque me estaba volviendo loca y mi familia junto conmigo.

(Él me escuchó… Hoy veo este suceso como una sacudida para volver a Dios. Aunque, ésta no es una historia de Conversión, es más bien de Reversión, como le sucedió al Hijo Pródigo).

Un día estaba en mi casa y una amiga tocó a mi puerta. Me dijo: "Liz, tengo que hablar contigo, me cuesta mucho, pero tengo que hacerlo".

Ella continuó: "Estaba desayunando y, siempre pongo un lugar en la mesa para Jesús. De pronto me empecé a sentir muy mal, con un dolor espantoso. No sabía qué era y entonces le pregunté a Jesús por qué me sentía así y Él me contestó: "Así se siente Lizett todos los días’’.

"Estás deprimida y tomando pastillas que no te recetó el Doctor, te están haciendo mucho daño. Jesús me pidió que viniera a verte", me dijo.

Platicamos mucho tiempo, lloré muchísimo y le conté todo. Empecé un camino de sanación al lado de mi amiga. Ella me ayudó mucho, pero claro, no estábamos solas, siempre hemos estado de la mano de Jesús.

Cada vez que el miedo me invadía le llamaba por teléfono y oraba conmigo. Pobrecita, le di mucha guerra, pero ella siempre estuvo dispuesta a ayudarme, hasta que lo pude hacer sola y la fui soltando. Le estaré eternamente agradecida.

Empecé a ir a Misa Diaria y recibir la Eucaristía. ¡Qué regalo tan maravilloso que Jesús nos ha dado y tantos que no se acercan!

Hoy te puedo asegurar por experiencia propia que Jesús sana, la Eucaristía sana si la recibes con Fe.

Así empecé mi relación de nuevo con Dios. Es mi mejor amigo, ¿sabes? Y me ama y te ama tanto y está esperando por ti...

Más adelante, saliendo un día de Misa diaria, me encontré con varias amigas.

Alguien comentó que un sacerdote iba a venir a la ciudad a dar un retiro de Adviento. Yo no conocía al sacerdote, pero me hablaron maravillas de él. Era el padre Emilio Acevedo (si no lo conoces, síguelo en Facebook, sus meditaciones y reflexiones son hermosas).

En ese retiro tuve un encuentro personal con Jesús. Fue algo grande, hermoso, maravilloso, no hay palabras para describirlo.

Al final del retiro, hubo sanación con el Santísimo. Nunca había estado presente en una Misa de Sanación y temblaba de miedo. Siempre pensé que la gente que se desmayaba con el Santísimo exageraba...

Cuando el sacerdote se acercó a mí con el Santísimo, hizo una oración y en ese preciso momento sentí como si alguien, muy pero muy fuerte, me hubiera agarrado por los dos brazos y me hubiera lanzado por los aires.

Fue como si yo no hubiera tenido más remedio que irme de espaldas, hasta el mismo suelo, sin control sobre mi. Y una paz invadió todo mi cuerpo. Fue algo indescriptible. Tienes que vivirlo para que sepas de qué te hablo.

Era el mismo Espíritu Santo actuando en mí, sanando mis heridas. Quedé enamorada de Jesús al instante. Salí siendo otra persona y queriendo más y más de Jesús.

Hoy lloro siempre en Misa, pero mis lágrimas no son de dolor, son de Gozo. Si te concentras bien, si te recoges como debes en la Misa, si vives y unes tus dolores con los de Jesús en la Cruz, te aseguro que no podrás hacer otra cosa más que contemplarlo en la Eucaristía.

Estoy segura de que al recibir a Jesús mi corazón se rinde totalmente al contemplarlo, como dice la oración de Santo Tomás.

Visítalo en el Sagrario, Él está ahí para ti. Trátalo como un amigo, cuéntale tus cosas, tus problemas, tus alegrías. No te va a defraudar.

Seguir a Jesús no quiere decir que tendrás una vida sin problemas, pero sí te puedo decir, basada en mi experiencia, que tus problemas serán más ligeros y más llevaderos si caminas con Él.

Después de todo, no puede haber un Cristo sin Cruz o una Cruz sin Cristo.

*Este post apareció en el Facebook personal de su autora en Septiembre del 2018, nos lo compartió para dar testimonio de su fe con la comunidad de El Árbol Menta. Lizett tiene una segunda parte de esta historia que pronto nos compartirá.

Lizett Pérez. Católica, Casada y Madre de 4 hijos. Originaria de Monterrey, México, reside en Florida, Estados Unidos. "Lo que más me gusta de mi Fe es como Dios me demuestra cada día cuanto me ama y me recuerda que no estoy sola. Es mi Mejor Amigo. Adorarlo y recibirlo en la Eucaristía es mi mayor bendición"

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