Cómo Dejé Atrás el Dolor y Tomé lo Necesario para Seguir


Hubo una época en la que me sentía una mujer de 90 años, por todo lo que he vivido...

Hoy puedo concluir que no importa lo que pase afuera, cuando encontramos la verdadera paz que sólo Dios nos da, podemos vencer en todas nuestras batallas internas. Siempre habrá situaciones difíciles, así es la vida. Pero somos afortunados de experimentarlas porque eso quiere decir que estamos vivos.

Tengo 40 años, estoy divorciada desde hace 9 y tengo un hijo maravilloso de 16 años.

Cuando me casé, fue sólo por lo civil. Ésta fue una situación muy difícil para mí, porque toda la vida había sido Católica: catequista, miembro del coro, del grupo de jóvenes. Pero acepté porque estaba realmente enamorada de él.

El tiempo que estuve en esta relación, fue muy duro. Pensaba que el amor y el respeto sacarían nuestras diferencias adelante... Fue un gran error.

Estuve prácticamente viviendo sin mi religión, cuando yo sabía que lo único que me bastaría para ser feliz sería tener a Dios en mi corazón y en mi vida.

Con el paso de los años, me di cuenta que estaba necesitada de mucho amor. A pesar de que fui hija y nieta única, y de ser una niña querida por mucha gente, siento que intenté cubrir el amor de un papá refugiándome en quien era mi pareja.

Dos años antes de separarnos, tuve un accidente que me dejó en coma. Me fracturé la pelvis, tuve varias cirugías en mi brazo izquierdo y estuve tres meses sin moverme. Fue después de esta experiencia que tuve un nuevo acercamiento a mi fe.

Cuando nuestra relación terminó, a pesar de lo doloroso que fue, pensaba: "voy a estar bien, puedo seguir viviendo". Pero precisamente en ese mes, me enfrenté a un despido laboral. Seguí adelante: "¿qué más me puede pasar?", me decía. Y un mes más tarde, falleció mi abuelo...

Esta etapa me enseñó muchas cosas, pero la más importante fue que la única persona que puede sacarte de un momento de dificultad eres tú misma... pero con la ayuda de Dios. Así que empecé a buscar ayuda con sacerdotes, terapeutas, asistiendo a cursos...

Hace 9 años regresé oficialmente a la Iglesia Católica. Mi hijo fue bautizado e hizo su Primera Comunión.

Aunque yo no me casé por la Iglesia, sabía de alguna forma cómo se sentían las personas tras de una separación matrimonial: como si le hubieran fallado a Dios.

Algo que me ayudó en esta etapa fue que me invitaron a ser parte de un grupo de personas que habían tenido una pérdida. Viví un retiro de fin de semana con muchas personas viudas y divorciadas y posteriormente asistí a sesiones de apoyo.

En ese grupo me acogieron para poder sanar todo esto. Comenzar de nuevo a través de un grupo de apoyo así, me dio esperanza para continuar y sentirme parte activa de la comunidad.

Y así fue. Más tarde me pidieron en mi parroquia que volviera a ser catequista. (Esto me ayudó muchísimo a comprender que el amor de Dios siempre nos acompaña y que a veces tenemos ideas erróneas de lo que Él quiere para nuestra vida).

A mis niños de catecismo, que ahora ya son jóvenes, les he dado el arma más poderosa para la vida: el conocimiento de que hay alguien que nos ama incondicionalmente y que dio la vida por nosotros, para que cuando se les presenten situaciones difíciles, tengan la suficiente fuerza en el corazón para superarlas. Me he propuesto que las personas que se acerquen a mí tengan una experiencia agradable.

Hoy creo que cada experiencia, aunque parezca mala, es una bendición necesaria para darte sabiduría o, lo más importante, para comprobarte el amor de Dios y acercarte a Él, para valorar y agradecer la vida a cada instante.

Hay que darle valor a los pequeños milagros diarios. Muchas personas esperan ver un milagro para creer en Dios, sin pensar que nosotros mismos somos un milagro.

Hay que creerle a Dios, Él nos da la fortaleza. Cuando descubrimos que lo que nos pasa es para nuestro crecimiento, es cuando realmente empezamos a ser felices.

Haideé Ramírez es catequista y participa en actividades de Responsabilidad Social. Trabaja en el área de RH de una empresa en Chihuahua.

"Tengo la ocupación más importante del mundo: soy madre de un jovencito de 16 años. Creo firmemente que todos tenemos una misión y tenemos que estar listos siempre para ponerla al servicio de los demás, porque quien no vive para servir, no sirve para vivir".

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