Cuando Dios Llama a tu Puerta... Historia de una Vocación


Me dicen “Pepe”. Soy un fraile franciscano capuchino. Pero aunque eso suene un poco extraño, soy una persona bastante normal... Nací y viví casi toda mi vida en Monterrey N.L. Soy el mayor de dos, a mi hermana le llevo cuatro años y dos días. Mis papás, personas buenas, a quienes amo mucho, siempre han buscado lo mejor para mí.

Mis papás quisieron que recibiera una educación católica y con valores, así que me inscribieron en un colegio católico de los hermanos de LaSalle; fue, sin duda, una educación sólida. Estudié allí durante más o menos 13 años; desde pre-escolar hasta la preparatoria. Debo confesar que, a pesar de esto, durante mi niñez y adolescencia, nunca fui mucho de ir a la Iglesia. Tenía mis sacramentos, claro, pero no me aparecía en Misa sino muy de vez en cuando en familia y en las situaciones en que nos llevaban a todos los alumnos del colegio.

Cuando terminé la preparatoria, entré a una universidad de mucho prestigio en Monterrey para estudiar la carrera de Ingeniería en Sistemas Computacionales y fue allí que comencé a experimentar el vacío de Dios. Hacer oración al iniciar cada clase, tener un retiro espiritual cada año, ir en grupo a Misa, recibir formación en la fe... con mi salida del colegio católico, todo eso había terminado. Pensé para mis adentros que lo que necesitaba para sentir que llenaba ese vacío, era asistir a algún otro retiro, después del cual podría seguir con mi vida “normal” (como si sólo necesitara una pequeña dosis de Dios para sobrevivir otro tiempo, pero sin ningún compromiso de mi parte).

La oportunidad se presentó cuando un compañero de clase en la universidad me invitó a un retiro. En ese retiro me di cuenta de que cuánto necesitaba yo de Dios para vivir. Comencé a acercarme de nuevo a la Iglesia y a tener una relación más íntima con Él.

Pasó aproximadamente un año o año y medio y yo participaba en el grupo juvenil que conocí en ese retiro, cuando, de una forma u otra, llegó a mis manos una biografía de San Francisco de Asís. Había oído hablar algunas cosas de él, pero no conocía, en realidad, su historia. Cuando leí sobre su forma de vivir, su personalidad, su experiencia de amor con toda la creación, con sus hermanos y con Dios, sentí que algo se removía en mi interior. Con emoción pensaba, suspendiendo de cuando en cuando la lectura: “¡Esto es lo que yo quisiera, quisiera ser como él, vivir como él vivía!”.

Pero tenía miedo. Estaba a mitad de mis estudios universitarios y no sabía si aquella emoción sería algo pasajero. Decidí, pues, terminar primero de estudiar y después atender esa inquietud de ser como San Francisco. Contrario a lo que había pensado, cuando estaba cerca de graduarme, mi emoción por ser religioso y consagrar mi vida a Dios fue aún mayor. Comencé entonces a explorar opciones... Conociendo algunas congregaciones religiosas, poco a poco me fui inclinando por los hermanos capuchinos, que eran franciscanos y con los que me había sentido más identificado.

El proceso para entrar con los frailes requería primero un tiempo de visitas y conocimiento, así que, al graduarme, comencé a trabajar y visitaba a los frailes de vez en cuando. Cuando ya estaba dispuesto a “dejarlo todo”, me encontré con que mis papás no estaban preparados. Entonces, hubo un tiempo en el que necesité, con calma, hablar varias veces con mi papá y mi mamá sobre mi vocación. Mi mamá pensaba que yo iba a sufrir mucho y que la vida religiosa era muy dura para mí; pensaba también que nos íbamos a distanciar demasiado... Mi papá pensaba que mi destino estaba en ser un profesionista y empresario exitoso, con muchos estudios y mucha prosperidad... Poco a poco, ellos fueron comprendiendo que ser religioso era realmente lo que quería y a lo que me sentía llamado.

Finalmente, entré con los frailes. Mi papá me apoyaba; mi mamá no tanto... Mi vida con los frailes ha sido y es de mucha satisfacción para mí. Me siento en mi lugar, me siento feliz. Mi consagración a Dios, el trato con los hermanos, con las personas, el estudio, todo enriquece mi vida de una manera que no hubiera podido imaginar...

Hoy, tengo ya casi nueve años de haber entrado con los frailes, hace apenas unos meses hice mis votos religiosos para toda la vida, y sigo estudiando para, si Dios lo permite, ser sacerdote. Hoy mis papás están muy contentos y me lo han expresado; eso hace mi alegría más completa.

Dios tiene un llamado especial para cada uno de nosotros. Nuestra vida es una búsqueda de ese llamado, y es muy importante que los padres de familia ayuden a sus hijos a encontrarlo. A veces es inesperado, a veces se nota desde temprano; es necesario el discernimiento y éste está iluminado por Dios mismo, en la oración.

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