Los Frutos Espirituales de Subir a una Montaña




Hace unas semana una amiga nos convocó para subir al Cerro de las Mitras. Éste cerro tan imponente es hermoso (tengo la fortuna de vivir muy cerca y puedo apreciarlo desde mi ventana).

Partimos un sábado a las 6:30 am, en plena oscuridad. La anfitriona llevaba un chaleco con una luz trasera a la cual seguíamos mientras llegaba la luz del Sol.


Empezamos a avanzar, caminando a paso firme, éramos 4 personas, de repente una se dispersaba, cuando la perdíamos de vista esperábamos.


Una de ellas dijo: “No me esperen, si me rezago, las veo arriba”, en lo personal seguí avanzando con algo de incertidumbre sobre si realmente debíamos separarnos, pero seguimos avanzando en pares.


El objetivo era llegar al Pico Piquín, que según nuestra guía estaba a cerca de los 3 km de distancia. Era un mismo objetivo para las que íbamos.


Caminábamos a paso firme y de repente la respiración empezaba a acelerarse, llegaba el cansancio, pero nos deteníamos un par de minutos y seguíamos.


De pronto, el camino se hizo difícil. Ya no eran pasos planos, había que ir sorteando esas subidas entre piedras y ramas.


Finalmente, después de 1 hora, 20 minutos llegamos al objetivo… ¡el Pico Piquín! Sólo llegamos dos juntas, para mí que era la primera vez que iba me pareció impresionante, una vista preciosa, el aire fresco.


¡Estábamos sobre las nubes! así que le dije a mi amiga: “Wow, me siento en el cielo” y capturé en mi corazón esa imagen que siempre quisiera tener presente.

Las otras dos amigas no llegaban, pensamos esperarlas y aguardamos un rato ahí. Sin embargo, después de unos minutos decidimos bajar para ver si las encontrábamos.


Así lo hicimos y vimos a una de ellas, le dijimos que ya faltaba muy poco, ella quería seguir y decidimos acompañarla a subir hasta el objetivo, era gratificante ver que llegáramos juntas, ver su cara de impresión ante tan majestuosa imagen.


Minutos después llegó la compañera que nos faltaba y nos sentimos muy felices de estar las cuatro ahí, en la meta. Fue para mi una celebración.


Todo esto me hizo pensar en el camino espiritual. En cómo todos vamos por ese camino, algunos nos sentimos más aptos que otros, en el camino podemos sufrir sintiendo que no estamos preparados, que no llegamos tan rápido como quisiéramos, que hay personas que avanzan más rápido o más lento que nosotros, pero el objetivo está ahí.


Dios está en la meta… esperándonos, siempre esperándonos.

El ir acompañados por gente que nos alienta, que nos motiva, nos hace el camino más llevadero. Si hay caídas, en la compañía, nos apoyamos para seguir.


En el momento de llegar al objetivo la recompensa es grande y ¡es tan hermoso el sentimiento! Sientes esa paz de Dios y ese deseo de que tus seres queridos lo experimenten.


Y sin embargo, cada uno tiene que recorrer su propio camino, y hay que ser pacientes, porque podemos acompañar pero no “hacer el camino” por alguien más.


También pensé en lo afortunada que soy de tener amigas que, igual que yo, tienen ese deseo de crecimiento espiritual; que puedo hablar con ellas de cómo vamos en el camino y en cómo aunque cada una va a su paso, al compartir ese amor a Dios compartimos también la vida, las dudas y las inquietudes que surgen en cada etapa.


Estoy convencida de que lo importante no es llegar sino mantenerse. El verdadero logro es poder llegar a “la montaña”, bajar y seguir sintiendo esa misma paz de “la montaña” y que en los momentos de "terreno árido", esos donde el paisaje no es bonito, no pierda de vista la majestuosidad de contemplar de cerca mi objetivo espiritual que es vivir en la paz y el amor de Dios.




Rossana Guzmán nació en Monterrey, México. Es esposa y mamá católica y es formadora del catecismo de El Buen Pastor. Le apasiona conocer cada vez más a Jesús para avanzar diariamente en el camino espiritual y le gusta orar cantando.

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