Nosotros también somos Inmigrantes


Hace unos días, a la hora de la cena, mi hijo mayor, de cinco años, se rehusaba a venir a la mesa porque quería enseñarme algo que había construido con sus legos.

-"¿Qué es, Amor?", le pregunté.

-"Es un panel solar y va a iluminar tooodo un edificio... no, ¿qué te parece si en lugar de un edificio, que sea un hospital?", respondió con sus ojitos brillantes y llenos de ilusión.

Y por tercera vez en el día, se me escapó una lágrima...

Mi esposo y yo llegamos a Estados Unidos hace poco más de seis años, justo después de nuestra boda. La emoción no me cabía en el corazón. Por fin íbamos a estar juntos después de pasar el último año de nuestro noviazgo a larga distancia por cuestiones de su trabajo en este país.

El pequeño pueblo pensilvano donde radicamos nos enamoró desde el primer día. En este lugar, cubierto de nieve a principios de marzo, empezamos a construir nuestra familia. La indescriptible belleza y la tranquilidad de la vida del campo nos conquistaron.

Hacer amigos fue sencillo, las primeras personas que conocimos nos recibieron cálidamente. Empezamos a involucrarnos en la parroquia, nos iniciamos en varios apostolados y fuimos echando raíces.

Hasta acá nos trajimos nuestros sueños profesionales, a este país al que siempre hemos admirado.

Hoy tenemos dos hijos nacidos en esta tierra. Son alegres y curiosos y siempre nos llenan de besos y de sonrisas... iluminan nuestra existencia. Si eres mamá (o papá) sabes a lo que me refiero... no puedes concebir tu existencia sin esos regalos del cielo. ¡Es simplemente imposible!

Pero este país que nos acogió con tanta generosidad, actualmente está siendo protagonista de una situación que parece sacada de una película de suspenso, no, de terror...

Familias con pequeños como los nuestros, que también sueñan con crecer y construir edificios, y papás como nosotros, que seguro los aman más allá de la razón, han sido (y siguen estando) cruelmente separados como parte de una estrategia de negociación política.

Y nos duele... porque nosotros también somos inmigrantes. Legales, pero al fin inmigrantes.

En estos días, cuando hemos expresado nuestro dolor ante la situación, algunos amigos y conocidos nos han preguntado: "¿Pero, ustedes tienen su visa vigente, ¿no?" ó "¿Sus hijos nacieron aquí, verdad?".

Sí, sí... Pero ese no es el punto. Porque aún así, duele.

Duele que nos pongan en otra categoría, porque al final, también nosotros dejamos lo que más queríamos buscando otros horizontes. Lejos quedaron nuestra patria, nuestras familias, nuestros amigos... ¡Somos parte de la misma familia humana!

Nosotros también somos inmigrantes y conocemos bien la situación de nuestros hermanos: un padre o una madre, hacen hasta lo imposible por proveer a su familia, por buscar su seguridad y por brindarles la esperanza de un futuro mejor. No es sólo capricho o abuso, en muchos casos es por extrema necesidad.

Mi esposo y yo hemos estado llorando desde hace tres días. De frustración, de impotencia, de dolor por esos padres y esos pequeñitos que sufren por su ausencia, sin entender lo que está pasando...

Duele estar sentada frente a una computadora sabiendo que tus pequeños descansan plácidamente en sus camitas y que miles de niñitos lindos están despiertos preguntándose tantas cosas, entre llantos...

Estos tiempos son un reto para nuestra fe. Confiamos en Dios con todo nuestro corazón y sabemos que Él tiene algo planeado. Pero la espera duele.

El respeto a la dignidad de la persona no es un lujo, no es un cuento, es un derecho y una imperante necesidad. Pero más que nada, proteger y acoger a los desvalidos, es nuestro deber cristiano:

<<Les doy un mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros como yo los he amado>>, Jn 13, 34.

La humanidad necesita un cambio. Esta situación no se trata de buscar culpables, sino de despertar y de voltear a ver a los demás. Se trata también de buscar en el silencio sensibilidad, amor, caridad...

Necesitamos volver con todo el corazón a Dios, porque sólo estando en comunión con Él entenderemos exactamente lo que significa todo esto para esos padres y sus queridos hijos (y podremos pensar con claridad qué podemos hacer por ellos y por tantas otras personas que sufren y necesitan ayuda).

Oremos por ellos. Oremos por el respeto a la vida en toda etapa y circunstancia. Oremos por paz, respeto y unidad en el mundo entero:

<<Te pido que todos ellos estén completamente unidos, que sean una sola cosa en unión con nosotros, oh Padre, así como tú estás en mí y yo estoy en ti>>, Jn 17, 21.

Nelly Sosa nació en Monterrey y es esposa y mamá católica. Su reencuentro con la fe en un pueblo alejado de la gran ciudad y su gusto por escribir la trajeron a El Árbol Menta. Cree firmemente que la oración y el apostolado pueden cambiar al mundo.

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