¿Qué Quiere Dios de Mí?


Por muchos años, esa pregunta me taladraba la cabeza (aún me lo pregunto, pero ahora de una forma distinta, pues el discernimiento es algo que se debe aprender a ejercitar, aún en las más pequeñas cosas y a disfrutar del proceso de consulta con Aquel que nos ama).

Por muchos años le pedí incesantemente “señales” a Dios para que me indicara el camino (más en concreto, mi camino vocacional) que Él quería que siguiera. Llegué al extremo de tener estos diálogos con el Señor:

“Señor, si quieres que sea religiosa, que pase un señor vendiendo pan en este momento”, “Señor, si no quieres que sea religiosa, que haya margaritas (mi flor favorita) en el Sagrario” o “Señor, si mencionan el nombre “Teresa” (mi nombre) en algún punto de la Misa (en las intenciones, las preces o incluso en los avisos parroquiales) es que quieres que sea monja”. Y tantos otros...

Creía que Dios estaba jugando con mi cerebro y aún peor, que Él se prestaría a mis “juegos y adivinanzas”.

La pregunta “¿Qué quiere Dios de mí?” se volvió una obsesión por alrededor de 7 años. Sabía perfectamente lo que yo quería, pero ¿y lo que Dios quería?

Leí muchos libros sobre discernimiento vocacional, hablé con sacerdotes y religiosas, oré ante el Santísimo muchísimas veces y a mi pregunta “Dios mío, elige qué es lo que quieres para mí: ¿la opción A o la opción B?”, Él simplemente respondía “TE AMO”. Y aunque ese “te amo” me llenaba el corazón y me hacía la persona más feliz del planeta, seguía teniendo la espinita clavada de la “inquietud vocacional”.

Aquellos que han vivido un proceso de discernimiento vocacional sabrán a lo que me refiero: ese “je ne sais quoi” que da vueltas por tu cabeza y que ya no sabes si viene de ti, de Dios o de quién.

Hasta que un día decidí dejarlo todo. Renuncié a mi trabajo, me cambié de ciudad para estar cerca de la congregación que me había “flechado” desde hacía años, las Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta, y me aventuré a iniciar un proceso con ellas.

En un inicio, no sabía si iba a solicitar mi admisión a la Congregación o no, sólo sabía que quería estar cerca de ellas. Con el paso del tiempo y después de más “señales”, solicité mi admisión como pre-aspirante a religiosa (¡El proceso para ser monja es larguísimo! Pero esa es otra historia…) y después me convertí en aspirante.

A diferencia de otras congregaciones, el proceso con las Misioneras de la Caridad implica que vivas en el convento desde que inicias y que te vistas, comas y sirvas de la manera que lo hace una religiosa. Por espacio de unos (pocos) meses viví y serví como lo hacen ellas.

Aunque fue difícil, ha sido de las mejores experiencias de mi vida, pues implicó dejar de pedir “señales” y “lanzarme al vacío”, donde sólo podía encontrar a Dios y a nadie más que Dios.

Paradójicamente, al “soltar” lo que tanto me había estresado por años y entregarme, aún sin saber si era eso lo que Dios quería de mí o no, todo se volvió claro. Era como si la respuesta a la pregunta “¿Qué quiere Dios de mí?” se hubiera respondido sola al momento de dejar de darle vueltas en mi cabeza y simplemente entregarme a la providencia divina.

Dios fue muy claro: me habló de mil maneras con toda su ternura y paciencia. Me habló de una manera que yo entendí con claridad. Y supe que aquel no era mi camino.

Al salir del convento, experimenté uno de los momentos en que he sentido más paz en la vida, algo así como “el deber cumplido”. Nunca me había sentido tan segura de mi vocación como en ese momento. Y di gracias a Dios.

Gracias porque me permitió seguir esa “luz” que se había encendido en mí, sólo para comprobar que aquella luz encendía “otra luz” dentro de mi corazón, una luz que me llamaba: sí a una vida de radicalidad y entrega, pero no en el convento.

Agradecí que pude experimentar el amor y la misericordia divinas a través de las Misioneras de la Caridad (a quienes amo con todo mi corazón), y sobre todo, agradecí la tan anhelada “claridad”.

Chicos y chicas que han sentido esa “espinita”: no le den vueltas y sólo entréguense al Amor. Dios sabrá “gritarles” cuando sus defensas estén abajo. Yo había construido mil análisis y raciocinios alrededor de “¿Qué quiere Dios de mí?”, pero fue hasta que dejé de razonar y empecé a confiar cuando se aclaró mi panorama.

Fue cuando deje de querer controlar y me lancé a los brazos de Dios que encontré mi vocación. Y como diría Santa Teresita del Niño Jesús: “mi vocación es el amor”.

Tere Avila es profesora de preparatoria y colaboradora en varias asociaciones de impacto educativo y misionero. Actualmente cursa la Maestría en Teología en Boston College.

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