Rompiendo las Barreras para Vivir la Misericordia


Estamos por cerrar el Año de la Misericordia y es un buen momento para reflexionar qué tanto nos dimos la oportunidad de poner en práctica la caridad.

El corazón de Jesús es rico en Misericordia, es generoso y compasivo. Todas alguna vez hemos experimentado esto de forma consciente o inconsciente, porque Dios nos ama tan intensamente que sólo desea vernos felices... Sólo es cuestión de abrir nuestros ojos y entrar en su mar infinito de amor y bondad.

Alimentar al hambriento, dar albergue al vagabundo, visitar a los presos, vestir al desnudo, visitar al enfermo, enterrar a los muertos... ¿Qué tanto vivimos nuestro día a día llevando a la práctica las Obras de Misericordia?

Hemos escuchado hablar de personas que dan su vida al servicio de otros, pero vivimos en un riesgo permanente de que la superficialidad del mundo nos haga insensibles e indiferentes a las necesidades ajenas. Cuando nos dejamos ganar por esta tendencia se nos escapa la oportunidad de experimentar la riqueza de dar. (Y al decir "dar" no me refiero solamente a ayudar económicamente, pues para algunos puede ser lo que menos les cuesta).

¿Cuáles son las barreras más frecuentes para practicar la caridad? Te lo diré desde mi experiencia...

1. La Falta de Tiempo: Una de mis primeras justificaciones era: "trabajo todo el día" y "no me alcanza el día para realizar todo lo que necesito", etc. Recuerda, mi querida Lectora, nunca sobrará el tiempo para hacer oración o para visitar a un enfermo, para llevar de comer al hambriento o escuchar a alguien en crisis. Tenemos que organizar nuestras actividades y buscar la forma de hacerlo. Te recomiendo que en base a tu agenda diaria busques cuál sería la actividad más conveniente para ti. Por ejemplo, si eres madre de familia, alguna mañana durante la semana puedes dedicarla a servir; si eres soltera y trabajas o estudias hasta tarde, el sábado o domingo una vez o varisa veces al mes, podrían ser buena opción.

2. El Miedo: A todas nos ha pasado. "No creo poder hacerlo", "me dan miedo esos lugares", "si es un hospital o lugar muy pobre, puede haber infecciones", "no podría con el sentimiento de ver tanto dolor". Mi consejo ante esto es: CONFIANZA. Confía en que Dios te protege de todas las situaciones. Él desea que seamos sus pies, sus manos y su boca para llevar consuelo, sus oídos para escuchar a quien está deprimido. No todos los apostolados o voluntariados son para todas, pero acércate a tu Parroquia y checa tus opciones. No te alejes antes de iniciar, que no te arrastre el miedo, véncelo y verás con claridad a qué es a lo que el Señor te llama.

Y recuerda...

*Pedir la Gracia de Dios: Cualquier acción que decidas emprender, no será por mérito propio, sino del Señor quien te inspiró. Antes de iniciar cualquier obra es fundamental pedirle su gracia y Dios derramará generosamente a tu corazón. Haz oración para que Jesús te permita actuar, que te preste sus ojos, sus manos y su generoso corazón para que veas a todos como Él los vería. Así, el miedo se irá y el tiempo invertido no te importará.

*Orar por Humildad: La sencillez de nuestras obras y el no querer figurar también son gracia. Hay una tentación muy grande de vanagloria en este tipo de acciones, en el fondo todos deseamos reconocimiento por nuestras buenas acciones. Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Mantén esto en mente: Que todo sea por Jesús.

Haz un hueco en tu agenda, deja el miedo y pide la gracia y la humildad para que en ti Dios de fruto en abundancia.

Verás que cuando empiezas a abrir tu corazón con el enfermo, el migrante, el vagabundo, el deprimido, el que no tiene dinero... el tiempo se detiene, no te cansas y nunca sales como llegaste. Te vas mucho más llena, más completa, valorando tantas bendiciones y reflexionando sobre lo privilegiada que eres. Y lo más hermoso: si quieres conocer a Jesús lo conocerás por medio de ellos.

No dejes pasar la oportunidad de acercarte a quienes más te necesitan en este Año de la Misericordia. A ejemplo de Santa Teresa de Calcuta busca dar, dar hasta que duela... Créeme, ¡no te vas a arrepentir!

Jaquie Jasso vive en Monterrey, N.L., es comunicadora, mujer emprendedora católica, feliz de compartir la buena Nueva del Evangelio. Actualmente coordina el Movimiento-Taller "La Plenitud de Vivir en Castidad".

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