Aprendiendo a ser Mamá con María


Cuando me entero del nacimiento de un Bebé me imagino cuáles serían las reacciones de sus Papás al ver la cara de su Muñequit@ y sus manitas llenas posibilidades...

Luego veo a nuestro hijo, y recuerdo el primer eco, lo bendecidos que nos sentíamos de que se desarrolló sin complicaciones, las canciones que su Papá le tocaba en el piano desde antes de nacer y los ojitos curiosos de mi recién nacido Amor que recorrían el quirófano en busca de respuestas.

Mi corazón no daba crédito a tantísima felicidad...

Toda esta idea de convertirme en Mamá y traer a este Chiquito a casa fueron increíbles hasta que, con el gris invierno y la nieve de diciembre, me cayó la realidad sobre los hombros (y pesaba bastante): todo lo que sucediera a este Hombrecito venido del Cielo era absoluta y completamente mi (nuestra) responsabilidad.

Emocionalmente, fue un impacto enorme (sobre todo porque Marcelo llegó a nuestras vidas poco antes de nuestro primer aniversario de casados y estábamos lejos de nuestros familiares).

Esto no era un proyecto escolar, ni el Bebito venía con las sencillas instrucciones de un pastelito de caja. Era la vida real y yo una mujer hecha y derecha, desvelada y desesperada por dominar la "materia".

Me sentía como en el set de una película, pero quebradiza en mi rol, incapaz de desempeñarlo.

Amaba tanto a ese Muñequito, pero no quería equivocarme en nada, no quería hacerle daño con mi inexperiencia ("¿Qué tal si no lavé bien el biberón y se enferma?", "¿y si lo cargo y se me cae?", "creo que mejor les dejaré una nota y me iré de la casa, no se cómo hacer esto" :( ... los pensamientos así seguían y seguían...).

Un día, cuando ya no podía más, las lágrimas brotaron como regadera. Fue entonces cuando le dije a mi Esposo: "Creo que estoy deprimida".

Justo en esos primeros días, una señora de nuestra parroquia me llamó para decirme que alguien tocaría a la puerta a las 6 de la tarde para traernos de cenar por un par de semanas, "después de todo, en lo que menos piensa una mamá primeriza es en cocinar", me dijo. Colgué el teléfono con un signo de interrogación en la mente.

Teníamos a penas unos meses viviendo en este pequeño pueblo, pero un grupo de mujeres que a penas nos conocían (la mayoría de ellas con 3 o más hijos, por cierto), ¡nos estaban atendiendo como lo haría mi familia!

Además de la cena, la charla y las oraciones que llevaron, ellas me mostraron el amor de Dios hecho acción, el apostolado del servicio al prójimo y por eso, les estaré eternamente agradecida. Me ayudaron demasiado en esos momentos de debilidad. Así que, en medio de mi nueva realidad de Mamá me propuse ser como ellas o, por lo menos, a intentarlo en un futuro no muy lejano. (Aunque aún no veía cómo iba a lograrlo...).

La nieve no paraba de caer y la depresión post-parto duró un par de meses*, pero en mi lucha por sentirme bien otra vez, el Rosario y María fueron ganando terreno en mis días y se convirtieron en mi fuerza y mi alimento.

Aunque soy Católica desde siempre, tuve un acercamiento muy especial con Dios y nuestra Madre durante mi embarazo con las oraciones de "Primavera de Dios" de Schoenstatt.

Ahora que nuestro hijo estaba aquí, yo necesitaba sentir más fuerzas que las mías y confié mis dificultades a María, rezando el Rosario todos los días. Esta era la oportunidad para, de la mano de nuestra Madre, salir del desánimo y disfrutar al cien a ese nuevo Amor que confiaba en mí.

Así lo hice y cada día me iba sintiendo más feliz, más segura de mí misma en el nuevo rol; en algunas semanas, mi estado de ánimo cambió.

Los nervios y la inseguridad que me abrumaban al cuidar de Marcelo quedaron atrás y así pude descubrir mi nueva misión de mamá: "Tu vida ya no es tuya, es de este pequeño a quien Dios te ha encomendado para guiarlo de acuerdo a su Plan".

Estaba empezando a formar a un Hombre de Dios, ¡qué gran alegría! Para ello, prometí no soltarme de la mano de Jesús y de María... Y así ha sido.

Hoy sé que jamás habría logrando instalarme en este nuevo papel sin el apoyo de mi amado Esposo (admiro tantísimo a las Mamás que se hacen cargo de sus Pequeñ@s solas... ¡Estoy segura que Dios las tiene a todas en un lugar muy especial de su corazón!), de nuestras familias (que llegaron para acompañarnos un mes después del nacimiento) y sobre todo, lejos de la fe y en la confianza divina.

Sentir la cercanía de Dios en esta bella y retadora etapa fue el inicio de una total conversión para mi.

Para algunas Mamás, como yo lo experimenté, es dificil asumir el nuevo rol de inmediato; las hormonas nos traicionan y los nervios nos dominan, pero siendo constantes en la oración y recurriendo a través del Rosario a su Dulcísima Madre, la mente se aclara y el corazón se llena de fuerza y esperanza.

Hoy nuestro pequeño tiene 3 años y le doy gracias a Dios todos los días por confiarme esta tarea tan bella e importante.

No dejes que las nubes grises te impidan vivir tu misión como nueva Mamá llena de alegría.

Si te sientes triste, deprimida o te ha costado hacer el "switch" a tu nueva misión, por favor no te lo guardes, pide ayuda a tus seres queridos, coméntalo con tu doctor y abandónate a los Sagrados Corazones de Jesús y María, repítete a cada momento "Jesús en tí Confío"...

¡Haz la prueba! Verás como sientes su amor fortalecerte y acompañarte, no hay nada más hermoso.

*Si vas a ser Mamá... Nunca, nunca temas compartir con tu médico y tu familia cómo te sientes. La depresión post-parto debe monitorearse y tratarse. Aquí te comparto algunas fuentes relacionadas con el tema:

Ser Padres

Mayo Clinic

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